Uruguay-Carta de un ciudadano al Presidente

Escrito por el 22 de diciembre de 2010

De Gonzalo Abella a José Mujica

Sr. Mujica Cordano
Presidente Constitucional de la República.

     No creo que sepa quién soy. No lo voté, y creo que el único vínculo entre nosotros es el que todo ciudadano tiene con el Presidente constitucional de su país.
Le escribo por un tema que preocupa a muchos compatriotas. Parece prematuro, pero la red de los eventos ya se está tejiendo.
El próximo 18 de mayo se conmemorará el 200 aniversario de la Batalla de las Piedras. Pues bien: el Ejército Uruguayo, equivocadamente,  ha tomado esa fecha como su propio aniversario.
Este Ejército es una institución que forma parte de un Estado nacido en 1830, cuyo primer presidente fue Rivera. ¿Qué relación tienen, este Estado y este Ejército con los sucesos de 1811?
Además el Estado “uruguayo” nació con la desaprobación total de Artigas, quien incluso se negó a volver a este suelo para no legitimarlo. ¿Cómo es posible entonces que un grupo de funcionarios públicos con armas, pagados por ese Estado, proclamen ser los depositarios principales de la tradición artiguista?
Un  funcionario público puede ser artiguista, sin duda; pero lo será por su pensamiento y su obra, no por el simple hecho de ser funcionario de una institución del Estado, y mucho menos de ESTE Estado.
Lo que afirma el Ejército a través de sus voceros es un disparate. Es como si cualquier ciudadano se pusiera peluca y dijera que por ello es heredero de las tierras que otorgó el Cabildo en 1725.
Pero esto es sólo el aspecto formal del tema.
Lo más grave es el contenido de esta autoproclamación. Porque en esencia significa que los verdugos se proclaman continuadores de la víctima.
Artiga soñó con una Patria Grande que abarcara una inmensa región americana. La quiso sin discriminados, y con un poder descentralizado, con autonomías, donde “los más infelices sean los más privilegiados”. Convocó para ello a pueblos enteros de memorias diferentes y sueños comunes, recomendó a texto expreso que conservaran su propio armamento, y a los pocos uniformados que le envió Buenos Aires los llamó “ejército auxiliar” de aquel proyecto. Para evitar la marginalidad social entendió que el poder debía intervenir limitando la propiedad de la tierra, y que debía promoverse “la libertad civil y religiosa en toda su extensión imaginable”.
Artigas vistió uniforme militar español sólo unos pocos años, y como militar propiamente dicho su hecho más destacado (y el que más festejamos, el que más celebramos) fue que desertó en 1811. Unos años después, en la cima de su poder, Larrañaga lo vuelve a ver, se sorprende de su aspecto y dice textualmente “en nada parecía un general”. La misma sorpresa reciben los hermanos Robertson, al ver a este hombre en un humilde rancho, embebido en temas de gobierno multicultural y a la vez Comandante de la guerra asimétrica contra todos los poderes opresores.
El Primer Presidente del Estado “uruguayo” de 1830 tenía como mérito principal, precisamente, haber traicionado a Artigas y procurar su asesinato en 1820. Están sus cartas recomendando eliminar físicamente a Artigas. Desde luego, no fue su único mérito ante los opresores. Su entrega al enemigo desde 1817, el haber sido oficial del Imperio ocupante, haber puesto precio a la cabeza de los Treinta y Tres, luego su mentira (prisionero en el Monzón) diciendo que volvía a cambiar de bando, su saqueo a las Misiones Orientales dejando una estela de muerte, violaciones y desolación, fueron su currículum para ser presidente del nuevo Estado. Como sabemos, no defraudó como Presidente a sus nuevos amos neocoloniales.
Pero los presidentes y los dictadores pasan y las instituciones se remiendan y quedan, al menos por ahora.
Cuando las instituciones formalmente democráticas fueron violadas ¿de qué lado estuvo el Ejército uruguayo? Cuando se violaron los derechos humanos ¿cuál fue su papel? ¿Y su desempeño internacional? El saqueo vergonzoso al fue su único acto de guerra real. Después, fue llamado a operar como mercenario, al servicio de intereses neocoloniales, contra  pueblos que nunca lo llamaron, como es el caso actual en Haití. 
Pero pensando mejor algo que dije al principio, debo rectificarme. En este país todos nos conocemos.  Hasta conozco jóvenes oficiales que en voz baja dicen sentirse molestos por la pesada mochila de culpas ajenas que cargan por la tortuosa historia de  su institución. Por ahora no les creo. Si no condenan el genocidio indígena, si no repudian la Guerra del Paraguay y las sucesivas violaciones a los derechos humanos; si no se juegan por verdad y justicia, si no nos ayudan a desmantelar el aparato represivo, no les creo nada. Bien, la institución les dio una escarapela artiguista. ¡Ahora gánensela!
Casi me olvidaba por qué le escribo. Es una exhortación. No legitime con su presencia, Presidente, una mentira histórica. Que los militares festejen lo que quieran, si Ud. no tiene fuerza o autoridad para prohibírselo. Pero no nos haga cómplices de una afrenta contra la memoria de Artigas. Que ninguna escuela pública, que ningún liceo, ningún civil, sea convocado a participar junto a los usurpadores de la memoria. Hay demasiados muertos que alguna vez confiaron en usted y que hoy se lo reclaman junto a nosotros.
Si Ud. se presta al show, los vivos y los muertos se lo demandarán.
Gonzalo Abella

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