La Termomecánica: el renacer cultural de un emblema industrial en Villa del Parque
Escrito por La Colectiva Radio el 27 de mayo de 2026
Hay lugares que parecen guardar algo más que paredes, máquinas y recuerdos. Lugares donde el tiempo queda suspendido y, de algún modo, espera una nueva oportunidad. En Villa del Parque, sobre la calle Bolivia al 2329, una antigua fábrica familiar nacida en los años 40 volvió a abrir sus puertas, pero ya no para fabricar piezas industriales: ahora produce encuentros, música, talleres, juegos, comidas calentitas y comunidad.
La historia comienza a mediados del siglo pasado, cuando los hermanos Lubocki —José, Abremke, Folke y Morduch—, inmigrantes rusos llegados a la Argentina una década antes, fundaron un taller de cierres niquelados para carteras en el fondo de su vivienda. Allí trabajaron y prosperaron durante años, mientras la familia también crecía entre esas mismas paredes.
Con el tiempo, el emprendimiento mutó hacia la refrigeración industrial bajo el nombre de Termomecánica Adiabatic, liderada durante cinco décadas por Feigue Lubocki, quien tomó las riendas tras la prematura muerte de su esposo en 1968. Feigue supo sostener y hacer crecer la empresa, atravesando los cambios de la industria y las sucesivas crisis. Durante casi dos décadas contó con el apoyo de su hijo, el ingeniero Marcelo Lubocki, pieza clave en la modernización de los modelos producidos.
Entre máquinas, herramientas y generaciones, el lugar terminó por volverse parte de la identidad barrial.
Sin embargo, tras la pandemia y el fallecimiento de Feigue, el cierre fue inevitable. Y frente a la disyuntiva entre vender o transformar, la familia eligió otro camino: mutar. Convertir el hierro oxidado en un espacio de puertas abiertas. Así nació el Centro Cultural La Termomecánica.
En Voces desde La Paternal conversamos con Ariel Berkovich, psicólogo y nieto de Feigue, y con Diego Barmat, productor audiovisual.
«Mi abuela la agarró en el 68 y hasta el 2019 anduvo», recuerda Ariel. «Después quedó inhabilitada la fábrica, hubo remate de máquinas y ahí empezó la reconversión del espacio».
Pero a veces los finales son apenas otro comienzo.

(Foto tomada por La Colectiva Radio)
Lo que empezó casi como una necesidad de recuperar un lugar familiar terminó convirtiéndose en un proyecto colectivo. Ariel, junto a Diego Barmat y un grupo de amigos, comenzó a imaginar qué podía nacer allí donde antes se levantaban torres de enfriamiento y descansaba la maquinaria industrial.
«No sé identificar exactamente cuándo surgió la idea», cuenta Ariel. «Pero incluso antes de que cerrara la fábrica ya se hablaba en la familia de la posibilidad de que algún día fuera un centro cultural».
Y el barrio, claro, parecía pedirlo.
La transformación no fue inmediata. Hubo un año y medio de trabajo para volver habitable el espacio: arreglos, jornadas compartidas entre amigos, refacciones y mucho trabajo comunitario.
«Al principio eran jornadas de trabajo y asado», recuerda Diego entre risas. «Capaz fui de los últimos amigos en conocer el lugar, pero de los que más se quedó».
Hoy, La Termomecánica ocupa unos 300 metros cuadrados de una clásica casa chorizo, donde el pasado industrial convive con una nueva vida cultural. Allí funcionan talleres, una cafetería, eventos, peñas, encuentros y actividades para todas las edades.
Hay ajedrez para chicos y adultos, música para las niñeces, historieta, meditación, danzas folklóricas y hasta un grupo de tejido solidario llamado Las del patio —espacio donde se reúnen a tejer—, que nació confeccionando mantas para enviar a El Bolsón tras los incendios.
Y si algo fue tomando forma, casi sin buscarlo, fue una comunidad.
«La persona que organiza los tejidos viene a folklore, y muchos de los que vienen a folklore participan de otras actividades. Se fue generando una red», cuenta Ariel.

(Foto tomada por Vínculos Vecinales)
Los fines de semana el espacio vuelve a cambiar de piel: ciclos musicales, ferias, peñas y una de las propuestas más inesperadas del lugar: una enorme noche de juegos.
«Se llena el espacio», cuenta Diego sobre Nave de Juegos, nombre del evento. «Traen más de 160 juegos de mesa, hay ping pong, Nintendo, juegos de rol y hasta una sala de escape».
Pero quizá la dimensión más conmovedora de esta historia aparezca cuando la memoria del barrio golpea la puerta.
Porque quienes pasaron por aquella fábrica durante décadas hoy vuelven y encuentran algo distinto, aunque profundamente familiar.
«Pasan cosas bastante mágicas», dice Diego. «Una vez un vecino pasó, vio el lugar abierto y se puso a llorar. Apenas pudo decir: ‘Conocí a tu abuela'».
La escena quedó grabada.
Porque los comercios familiares, los talleres y las fábricas barriales son mucho más que lugares de trabajo: forman parte de la memoria viva de un barrio. Y algunas cosas, aun cuando parecen desaparecer, nunca se borran del todo.
Porque la memoria también necesita quedarse.
Y quizás esa sea la verdadera fuerza del proyecto: haber entendido que un centro cultural no se construye solamente con actividades o programación. También se construye escuchando las historias que un barrio guarda, silenciosamente, desde hace décadas.
(Foto de portada tomada por Agenda Cultural 15)
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