Confinamiento forzoso: situación en los hoteles de CABA

Escrito por el 28 de marzo de 2020

#CoberturaColectiva en #Cuarentena

Algunos y algunas de las pasajeras que llegaron a Puerto Madero el 18 de marzo están aún confinadas en hoteles de la Ciudad de Buenos Aires. Se encuentran en esa situación aparentemente en forma aleatoria, porque otros pasajeros que iban en el mismo barco y asintomáticos como ellos, están cursando la cuarentena en sus domicilios. Aislados, ignorados, sin información, cuentan los días mientras esperan el alta.

El 18 de marzo a las 19:30, el ferry Juan Patricio de la flota de Buquebús llegó puntual a Puerto Madero. En su crónica, que compartimos más abajo, el periodista Daniel Alvarenga, también pasajero de ese barco, relata los estados de ánimo de una travesía que habitualmente es simple, incluso relajada, pero que esta vez se complicó.

Al llegar se encontraron con la noticia que habían compartido el viaje con un posible infectado de Covid-19. Fueron demorados hasta el agotamiento en la terminal portuaria y luego repartidos en cuatro hoteles, Presidente, Escorial, Panamericano y la tripulación fue al Naval. Todos menos cuatro que fueron derivados directamente al hospital Muñiz, entre ellos el hombre que tenía diagnóstico positivo para coronavirus.

A la mayoría de los internados en los hoteles se les ha permitido continuar con la cuarentena en sus domicilios. Se fueron por sus propios el sábado 21 de marzo. En ese momento, el gobierno de la CABA explicó que quedarían 30 personas para el seguimiento en los hoteles y que eso se debía a dos razones, estuvieron próximos al pasajero infectado o vivían lejos de la ciudad y no debían trasladarse. Pero la medida parece aleatoria porque en los hoteles quedaron pasajeros y pasajeras asintomáticos y que viven dentro de la ciudad.

El viernes 27 de marzo, La Colectiva se comunicó con Úrsula Mandl, una de las pasajeras recluida en el Hotel Panamericano.  En estos días no le han dado los remedios que solicitó, tampoco elementos de higiene básicos para mantener la habitación. Denuncia la ausencia de protocolos en la forma en que son atendidos, básicamente por voluntarios. Muchas veces la comida la dejan en el piso, del lado de afuera de la puerta. Espera el alta con angustia y con mucha incertidumbre.

Relato de un náufrago (en tierra)

que estuvo diez días a la deriva en una balsa sin comer

ni beber, que fue proclamado héroe de la patria,

besado por las reinas de la belleza y hecho rico por la

publicidad, y luego aborrecido por el gobierno y olvidado siempre.

G.G.M.

 (Daniel Alvarenga es periodista, trabaja en la radio del Centro Cultural de la Cooperación y publicó esta crónica en su muro de Facebook el 23 de marzo)

 El buque Juan Patricio de Buquebus atracó en el puerto de Buenos Aires a las 19,30 del jueves 18 de marzo tras un viaje impecable y un atardecer hermoso que nos invitó a pararnos para verlo por las ventanas. Pocos minutos después toda esa paz (a pesar de que en el entorno había muchxs con barbijos o guantes o bufandas o capuchas o todo eso) todo empezó a ser caos. Entró un operativo de ¿médicxs? Con overoles, gorras, barbijos, guantes, antiparras blancas. Pensamos que eran los operativos de rigor por estas horas. Y empezaron los rumores: “parece que un pasajero se sintió mal y se acercó a la tripulación para avisarles”; “parece que tenía fiebre”; parece, parece…

Pasaban los minutos y ninguna información. Pasaban las horas y nada. A los gritos la tripulación nos empieza a decir que debíamos llenar una declaración jurada. Para recibir los papeles tuvimos que pararnos, juntarnos, amontonarnos. ¿El protocolo establece eso? Un papel escrito en tipografía muy pequeña ¡y en portugués! nos pedía nuestros datos. “¿Qué dice acá?” pregunta mi casual vecina de ese momento. “Yo no veo la letrita tan chica” dice la señora que no tiene menos de 70; “me prestás la lapicera” dice otro. La completamos. Y esperamos. Mucho. Sin saber qué sucede. Al pasar, como quien dice “qué calor hace” un uniformado que se identifica como “gendarme” al bajar una de las escaleras nos dice a los 20 que estábamos ahí “hay un pasajero que dio positivo”…y se va.

Comienzan los nervios, los malestares. Desde una de las barandas del segundo piso creo identificar a la ¿médica? que parecía estar a cargo del operativo y que estaba en el primer piso. Hago tres o cuatro palmadas para que me preste atención. Le grito (sí, le grito) “pueden explicarnos qué pasa”. Me mira ella y todxs lxs demás del operativo. Tres segundos después siguen con lo suyo, que estimo (en serio) debe haber sido muy importante.

En un momento sale la primera voz por los parlantes. Es el capitán. Nos pide que volvamos a nuestros asientos y que lo hagamos cada unx en el que estábamos en el momento del viaje. Entra nuevamente el equipo del operativo. Le toman la temperatura a lxs pasajerxs que estaban en un lugar determinado (parece que el pasajero contagiado venía ahí. Parece). Anotan ese dato en la declaración jurada de cada unx. Terminan de hacerlo y se van. Pasa el tiempo y nada. Quejas ya por hambre, por falta de agua, por incertidumbre.

Empiezan a llegar rumores de desde afuera por familiares y amigxs vía celulares: “Che, en televisión dicen que están en cuarentena los de Buquebus”; “Parece que un flaco que estaba internado en se escapó y se subió al buque”; “parece que es un inglés que venía desde Holanda”; parece, parece… Oficialmente, nada.

La tripulación del buque empieza a repartir comida y bebidas. No, error. No reparte. Hay que acercarse hasta el barcito. Tuvimos que pararnos, juntarnos, amontonarnos. Una arriba de otro. ¿El protocolo establece eso?

Pasan los minutos, las horas. Se escucha un acople en los parlantes. “Parece que van a hablarnos”. El capitán nos anuncia que vamos a desembarcar. Ni una sola palabra de qué es lo que pasa. Nos piden que lo hagamos con calma. Tuvimos que pararnos, juntarnos, amontonarnos para descender. ¿El protocolo establece esto?

Unos 45/55 minutos después abren la puerta. Salimos de a racimos. Pasaron unas 5 horas desde que llegamos. Al desembarcar nos toman la temperatura. Y nos dividen en unos tres grupos de unas 120/150 personas. Un médico se identifica y nos cuenta que nos van a llevar a otro lugar para hacernos un testeo más exhaustivo. Nos trasladan a uno de los pasillos de las instalaciones de Buquebus. Una de las pasajeras mira la hora (01 AM) y dice “háganse a la idea de que de acá hasta eso de las 3 no nos vamos”. Nos quedamos ahí parados 1 hora. Dos. En fila. Amontonados. Ánimos caldeados pero ahora ya no somos 400. Nos dividieron. Les pedimos a los gendarmes que nos vigilan que llamen por favor al encargado/da del operativo. Dicen que si. Pasan los minutos y no viene nadie. Mas enojados lo exigimos. Hablan por un teléfono con alguien. Decimos “bueno, parece que ahora sí”. Dos minutos después aparecen más efectivos para contenernos. Aunque tras la queja los dos uniformados originales se convirtieron ya en 9.

Viene otra vez aquel médico que nos prometió que nos iban a revisar. Dice que va a responder todas nuestras preguntas. A la primera contesta algo que no le preguntamos y se va.

Finalmente nos anuncian que vamos a retirar nuestros equipajes y que nos van a trasladar a un hotel. Nos hacen caminar, todos paradxs, juntxs, amontonadxs, por un pasillo cerrado en el que no hay aire. A la hora, ya agotados, exigimos que enciendan la refrigeración y que nos den agua. Los gendarmes nos cuentan que no tienen idea de dónde se enciende el aire, que la gente de Buquebus se fue hace rato, y nos traen muchas botellas de agua con 6 vasos. ¿Compartimos los vasos? ¿Tomamos del pico?

Lentamente la fila va avanzando. Ahí nos enteramos que cuatro de los pibes que están con nosotrxs en la fila son los que venían de Europa con el pasajero contagiado. Cuando tenemos la fortuna de llegar a la puerta vidriada que da a la calle nos enteramos que para trasladarnos hay dos minibuses en los que entran 20 personas en cada uno. Somos 400…

Inexplicablemente entre que se van y vienen (unas 15 cuadras hasta el hotel Panamericano) tardan unos 45 minutos/1 hora. Alegría porque llega un micro de Manuel Tienda León. Suben ahí varios pasajerxs. Se sientan. Y no sale. Y pasan los minutos y no sale. Y más minutos que en nuestro cansancio parecen horas y no sale!!!! Me alejo de la fila y me acerco a una con barbijo que parecía estar en la . Me confirma que sí, que es del gobierno de la ciudad de Buenos Aires.

 – “¿Por qué no se va el micro?”

– “Porque falta el patrullero que debe custodiarlo hasta el hotel”

– ¿Por qué la custodia?, pregunto

– “Porque no sabe la cantidad de gente que trató de escaparse”, me responde la señora.

 Cuando me acerco nuevamente al grupo de pasajerxs se acerca una de ellas y me dice: “es mentira, no salen porque el chofer, ese que está ahí, no tiene barbijo y se niega a salir si no le dan uno”. “No puede ser”, le digo. “Me acaba de decir que están esperando un patrullero”. Nos quedamos mirando. Unos 10 minutos después llega una ambulancia, le acercan un barbijo al conductor y el micro se va…sin custodia.

Finalmente me llega el turno. Son las 5 AM. Al Panamericano. Llegamos. Nos espera una vianda y una habitación. Ducharse, comer, acostarse. Son las 6 pasadas. A las 9 AM suena el teléfono: “De la conserjería. Lo llamo para recordarle que no pueden salir de la habitación”. “Si, claro”, es la respuesta.

Pasan los minutos, las horas y nadie viene ni nos llama. Empezamos a escuchar gritos por las ventanas. Muchxs de lxs pasajerxs gritan hacia la calle. Hay móviles de TV. Denuncian que son las 3 de la tarde y nadie se acercó a las habitaciones para acercarles una taza de té o preguntarles cómo estaban. Nos sumamos. Cada vez más ruido. Recuerdo: hay octogenarixs entre nosotxs. Madres con bebes. Familias completas. Cada vez más repercusión mediática. A eso de las 17,30 vuelve a sonar el teléfono. Nos avisan que hay comida. ¡¡¡Que debemos bajar a buscarla a la !!!! Tuvimos que juntarnos, amontonarnos. ¿El protocolo establece eso?

Cuando estamos recibiendo la comida llega alguien que dice que eso no corresponde. Que subamos. Que nos alcanzan las viandas. Reclamamos un chequeo. Nos dicen que también van a subir a eso. La comida llega un par de horas después. La atención no.

Al día siguiente estábamos con el tema alimentario más o menos resuelto pero sin chequeos. Ya tenía un fuerte dolor de cabeza e irritada la garganta. Propongo en el grupo de whatsapp (que habíamos creado entre lxs pasajerxs cuando nos cruzamos en la planta baja) que a las 12:30 en punto todxs empecemos a golpear las puertas fuerte durante 5 minutos. Son 23 pisos a razón de unas 12 habitaciones cada uno. Lo iban a escuchar. Hay quienes no están de acuerdo porque les parece una medida “extrema” y entonces levanto la propuesta y pido otra en reemplazo. Cuando alguien el grupo dice “Dios nos va a salvar de esto” decido romper la cuarentena e ir a la planta baja a que me chequearan.

Al médico que me atiende le paso mi nombre. Él me busca en una lista. Me pregunta “¿Usted en qué hotel está?”. Miro a mi alrededor y le digo “creo que en éste”. Pues bien, no figuraba. Le pido que mire si mi compañero de cuarto, Diego Aramburu Lucero, figuraba. Tampoco. Una médica que ve todo esto se acerca, me pide que subamos a la habitación. Nos hacen el control. No hay fiebre, dicen que nos quedemos tranquilos.

A la tardecita hay quienes cuentan que los van dejando salir con la condición de que tengan a donde ir y que no van a violar la cuarentena para nada. De a varixs se van yendo. Nos llega, a eso de las 22 del sábado 20 de marzo, la comunicación de que podemos irnos. Mochilas. Bolsos listos. Bajamos. Hay fila de gente para salir. Justo cuando nos toca a nosotros nos piden que nos alejemos porque están por sacar a alguien con fiebre. Es un operativo muy fuerte. Nos llama la atención ver en los diarios del día siguiente declaraciones oficiales de que nadie presentó síntomas.

Bueno, ahora sí nos toca a nosotros. Las directivas del caso de parte de dos funcionarixs del ministerio de de la CABA. Nos hacen prometer (DDJJ mediante) que no vamos a tener contacto con nadie (no podemos salir ni a tirar la basura). Pero nos suben a un taxi sin barbijos ni guantes ni nada…que debemos pagar nosotros. ¿El protocolo establece esto? Nos prometen que nos van a llamar dos veces por día. Durante 30 horas nadie llamó. A las 13, mientras escribía estas líneas, me llamó “Jair” para decirme que a partir de ahora van a llamarme dos veces por día.

Sigo sin fiebre.

Espero que sea así los próximos 12 días.

 Daniel Alvarenga


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