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Cachengue y Sudor y un corso sin corsé

Escrito por el 15 de febrero de 2022

Cachengue, en su espacio de siempre, iluminó dos noches de carnaval porteño. Sorteando restricciones armó una en la que hubo gran participación. Fue un volver a vivir la alegría propia de febrero, un auténtico cachengue en que se extrañaba. El sábado conversamos con Julia y Nico, referentes de la

 

En las canchas, tribunas llenas, recitales a pleno, comienzo de clases sin “palabras raras”, como protocolo por ejemplo, pero el carnaval oficial 2022 continúa en pandemia y esto significa una serie de restricciones, como escenarios para no más de cinco personas, realizar los corsos en instalaciones cerradas, exigir certificado de vacunación completa para poder asistir, limitar la concurrencia…y negar, desde la Comisión Organizadora, sistemáticamente cualquier pedido para realizar actividades por fuera de lo establecido por dicha comisión.

Pero, a pesar de todas las trabas denunciadas por murgas y agrupaciones de todo tipo, quedan pliegues legales en los que refugiarse para renovar la alegría. Y esto fue lo que se vivió este fin de semana en Rojas y San Martín, el lugar de siempre, el espacio histórico de la murga Cachengue y Sudor.

“Cachengue es una murga que funciona desde hace muchos años fuera del circuito oficial, por eso decimos que somos independientes, que somos autogestivos, porque realmente todo lo que sale de acá es producto de la autogestión”, así comenzó Julia a hablar sobre la murga que ama. Pero este año, conociendo la experiencia frustrante de otras agrupaciones, la pregunta inicial fue ¿cómo lograron el permiso para la actividad? y el que comenzó el relato del derrotero fue Nico: “Nosotros siempre tramitamos el permiso por la Comuna, de la Comuna va a Tránsito y tránsito lo envía a la Comisión de carnaval del gobierno de la Ciudad. Durante varios años hemos tenido algunas rispideces, pero mal que mal ha salido el permiso. Hace un tiempo que en la comisión de carnaval entro cierto tipo de gente más comprometida con la causa…que tiene que ver con el PRO, y empezaron a negarnos el permiso sistemáticamente por el solo hecho de no estar dentro del circuito no nos garantizan nuestro derecho a festejar el carnaval. La dictadura nos negó ese derecho durante muchos años, se recuperó después en democracia, cuando volvimos a la calle y lo estábamos haciendo normalmente, como corresponde, popular, la Comisión de Carnaval toma la decisión de decir que a las murgas que no están en el circuito no les van a dar el permiso para cortar la calle”.

Y ahí es donde comienzan a cobrar relevancia los pliegues legales, cuyo recorrido termina posibilitando la popular. Es comprensible el enojo que conlleva tener que esconder el nombre de la murga y así lo manifiesta Julia, “Para nosotros es un garrón. Cachengue tiene 26 años. Hace 21 que estamos en esta plaza, entonces es una falta de respeto tremenda. Entendemos que no es solamente con nosotres, fijate que cada vez hay menos corsos, van sacando los cortes de calle y lo que hacen es subirlos a las plazas. Entonces, cada vez la del carnaval se ve más coartada”.

 

En el comienzo de la charla Julia resaltaba la condición de autogestiva de la murga y luego detalló lo que esto implica, que es bastante más que el trabajo que se realiza durante todo el año, el tiempo para los ensayos, los trajes, la vestimenta en general, el micro de traslado…implica que una vez otorgado el permiso para el corso, con esa se cubre el escenario, el sonido, el alquiler de los baños, el seguro al que están obligados a contratar los organizadores de en la vía pública.

 

Y todo esto que aparecía como “natural” cada febrero, después de dos años de pandemia, con sus medidas restrictivas que atentaron contra las construcciones colectivas, hace que en la charla no se puedan obviar las dificultades por las que atraviesa todo el sector murguero. Sostener la de la alegría callejera “Fue redíficil este año -explicó Julia- cuando vino la cuarentena lo que hicimos las murgas fue organizarnos e hicimos Murga TV que era por instagram. Nos encontrábamos todos los días a las nueve, todas las murgas, pero después, cuando fuimos saliendo fue muy difícil. Había que volver a encontrarse, volver a armarse, ver que había, que no había. A nosotros nos salió bastante bien, lamentablemente hay muchas murgas que no pudieron seguir adelante o que están sólo con un puchito de gente que quiere seguir”.

 

El sábado la gente comenzó a llegar desde temprano. Los puestos de ventas de artesanías varias comenzaron a armarse al ritmo de una tarde de buen clima. Lo mismo con los puestos de comidas y bebidas. Por el escenario pasaron diversas expresiones musicales, entre las que destacó el y por supuesto, las voces de las diferentes murgas que acompañaron la puesta de Cachengue y Sudor. Sin vallas, los bordes los delimitaron las propias vecinas y vecinos que se sentaban con sus mates o con las bebidas que compraban en el lugar. El espacio callejero era el escenario de guerra de espuma, emboscadas y corridas de pibes y pibas que desalojaban como por encanto cuando una nueva murga comenzaba su presentación. Entre una y otra murga se sucedían los encuentros, con abrazos incluidos, entre amigos que no se veían desde hacía meses. El corso ratificó una vez más que además de la expresión de una popular que viene de lejos, es un lugar de encuentro, es un lugar para ponerse al día con otros y otras, sobre todo este febrero. Y es también un escenario de disputa sobre el significado cultural de los corsos.

Nico cierra la charla y de alguna manera condensa lo que intentamos reflejar: “Muchas murgas que hay independientes y que no se sintieron incluidas en esto que es el circuito oficial, pudimos armar un circuito por fuera y festejar el carnaval como nosotros queremos. Que sea en la calle, que sea autogestivo, que sea independiente. Nosotros vamos a decir cómo se festeja el carnaval, porque para nosotros el carnaval es carnaval si es libre. Nosotros no queremos que nadie nos venga a decir como lo tenemos que festejar”.

 


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