Obesidad, Julio Cesar Montero

Escrito por el 30 de septiembre de 2014

La obesidad como un problema político 
Julio César Montero es Doctor en medicina, especialista en nutrición. Fue presidente en dos oportunidades de la Sociedad Argentina de Obesidad. Hoy es asesor científico de dicha entidad. Además ha sido presidente de la Federación Latinoamericana de Sociedades de Obesidad y ha representado al continente en la Sociedad Internacional de Obesidad. En esta entrevista analiza los vínculos con los comestibles, no siempre alimentos. La trama social que construye esos vínculos y la imposibilidad de modificar esa trama de forma personal. Un juego de intereses donde lo que menos importa es el alimento y el sujeto que debe alimentarse.
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Piedra Libre – ¿Es la obesidad un trastorno alimentario?
Julio César Montero – La obesidad no es un trastorno central de la alimentación. La persona que sufre obesidad no es que tenga una perturbación cualitativa originada en su persona,  lo que  ocurre a la persona es el reflejo de una influencia exterior que determina un comportamiento que es casi automático. Es muy difícil distinguir lo que es estrictamente voluntario y de decisión consciente. Esto, de alguna manera, conforma un panorama en donde no se puede precisar donde comienza el problema y cual es el mecanismo. De tal manera uno podría cuestionar la definición de obesidad. Obesidad lo que representa es la capacidad de ganar peso. La capacidad de ganar peso no es una enfermedad. Si estamos hablando de algo que no es una enfermedad ¿cual es la situación en que esta adaptación que es normal en la especie, empieza a traer problemas? A esto le empezamos a llamar obesidad pero en realidad no es un trastorno de la calidad sino que es simplemente la exageración de un fenómeno normal. Cuando uno empieza a plantear las cosas así, ya se empiezan a ver de una manera diferente. La persona que sufre obesidad tiene un comportamiento alimentario que es particular pero no es un trastorno primario de la conducta sino que es secundario a la influencia ambiental. La influencia ambiental está determinada por la calidad del alimento.

PL – Antes de avanzar sobre la calidad de los alimentos, que vamos entendiendo que va a ser central, le hago una consulta. En general, sobre todo desde los medios, se enfoca en la conducta personal. El eje es la voluntad y se dejan fuera los factores externos. ¿Qué sentido tiene eso?

JCM – Ese es un concepto que viene siendo discutido pero que ya la medicina científica tiene resuelto. Acá hay como una disociación entre lo que es el campo de la investigación rigurosamente científica, de lo que es la traducción de los contenidos científicos a la población en general. Hay una decodificación que está deformada y que en otros casos está mal seleccionada, por no llamarlo de otra manera. La sensación, entonces recae sobre el individuo. Por supuesto que es indiscutible que el que tiene que hacer algo para que la situación cambie es el individuo porque el medio que lo rodea no va a cambiar. Los que construyen el ambiente en el cual se desenvuelve la especie humana, no van a modificar el funcionamiento de la sociedad que ellos mismos han contribuido a formar a través de múltiples caminos. Y en eso puedo coincidir que la obesidad es multifactorial cuando en realidad no lo es. Lo que es multifactorial es el planteo que se hace y que contribuye a la confusión general. Se habla de influencias variadas, pero todas convergen en generar un modelo alimentario que es considerado saludable cuando en realidad, los resultados demuestran que no lo es. El individuo no puede cambiar eso. No tiene capacidades ni facultades para modificar los mensajes que llegan masivamente, en forma permanente, por distintas vías, de la mañana a la noche, a todas las edades, haciendo recomendaciones centrales o recomendaciones laterales que todas terminan convergiendo en el modelo que la gente considera saludable(…)
Entonces el individuo dice, “estoy asistiendo a una transformación de mi cuerpo que no sólo implica una transformación física y estética sino también un correlato fisiológico, funcional, de sufrimiento interno de los órganos” y no lo puede evitar. Entonces el que tiene que hacer algo es esa persona. Tiene que concurrir a la consulta, tiene que tratar de zafar de toda esa influencia sostenida que le hace dudar de cualquier cambio. Una de las políticas de marketing que circulan, que son específicas pero eficaces para evitar el cambio, es asustar a la gente sobre las consecuencias de cualquier cambio posible. Siempre, todas las alternativas son malas. Yo le pregunto si ha escuchado alguna vez en algún medio sobre una dieta que sea buena que no sea la actual. Como especialista y como persona que me he dedicado a esto, y no puedo ni siquiera tener idea de cuanto ignoro, pero por lo menos me doy cuenta que nunca he escuchado alguna cosa alternativa que sea oficialmente aceptada como saludable.

PL – Cuando le hice esta pregunta Ud. se iba a referir a la alimentación que se nos ofrece. ¿podemos volver a eso?

JCM – Con respecto a la alimentación, los principales inductores del comportamiento alimentario son las cosas que comemos. La prueba es muy fácil, es muy simple, todos los humanos comemos las mismas cosas. Siempre comemos las mismas cosas, damos vuelta alrededor de los mismos alimentos, damos vuelta alrededor de las cosas que nos gustan, lo que los técnicos llamamos alimentos preferidos. Estos son los que predominan. Son preferidos porque gatillan un mecanismo de preferencia con el cual todos venimos equipados al mundo. Ese mecanismo que lo tienen todos los seres vivientes es aquel que nos permite reconocer cuales son los alimentos que estimula nuestro sistema opioide. Los humanos venimos preparados con un sistema opioide de fábrica y es activado por sustancias o por experiencias. Cuando ese sistema opioide se activa, la persona o el animal porque existe en todos los niveles de la vida, siente una sensación de placer que es inespecífica,  que es vaga pero es muy eficaz porque alivia las preocupaciones, la ansiedad, el dolor si hay alguna molestia física. Opera en el área sicológica.  O sea, activar el sistema opioide a los seres humanos nos hace sentir muy bien, nos pone contentos, vemos la adversidad menos adversa o hasta favorable. Entonces todos nos damos una pequeña dosis de morfina sin saberlo. Eso lo sabemos porque comer determinados alimentos nos provoca un bienestar más allá de quitarnos el apetito.
De alguna manera, ese grupo de alimentos preferidos opera como una especie de psicotrópico. Cada uno de nosotros, de acuerdo a su mapa genético tiene su familia de psicotrópicos. Por la experiencia del ensayo y del error hemos ido aprendiendo a reconocerlos.  

PL – Lo que Ud. mencionaba recién, este grupo de psicotrópicos (los voy a llamar así después de lo que Ud. acaba de informarnos) un tanto personales, me disparó recuerdos de mi infancia, comidas de mi madre, abuela, abuelo… los sabores propios de la familia ¿puede ser?

JCM – Seguro. Pero eso tiene como un filtro, digamos. Primero porque uno no podía acceder a eso cuando se le daba la gana sino cuando la madre decidía. De alguna manera había como un stop, como una limitación. Ahora la cultura ha generado una serie de caminos que ha hecho que esos alimentos preferidos estén muy al alcance de todos por muchos motivos. Primero porque es fácil llegar a ellos. Los quiscos, que son los principales concentradores de ese tipo de comestibles desbordan de la línea de edificación y se derraman hacia la vereda y hay dos o tres por cuadra, por lo menos en el centro de Buenos Aires. Los precios de esos productos son relativamente baratos o sea uno puede conseguir una dosis por un precio relativamente accesible. Así todos los sectores de la sociedad, desde los más pudientes hasta los más pobres pueden llegar a encontrar el alimento que los satisface y les proporciona esa sensación agradable. Y eso ya no pasa por el control de la cocina de la madre.
De alguna manera la sociedad ha ido desviando, de la misma manera que se va arriando un rebaño hacia una determinada dirección, poniendo cosas en los bordes, ha ido encaminando hacia el consumo de determinados alimentos. Alimentos que tienen una serie de agregados que nadie sabe exactamente qué son, como funcionan y mucho menos como funcionan cuando están agrupados. No hay estudios en el largo plazo. La mayor parte de estos agregados están permitidos no porque sean inocuos sino porque nunca se los ha estudiado.

PL – Esos parapetos en los bordes ¿podría pensarse en distintas formas de publicidad?

JCM – Si. Distintas formas de publicidad que prometen cosas que no se esperan, como la felicidad, el éxito, el grupo de pertenencia. Toda una serie de promesas que no tienen nada que ver con la realidad y que en realidad conducen a la dependencia y a la esclavitud. Cuando uno está frente a una persona que lo que más desea es poder cambiar y no consigue hacerlo se tiene que preguntar que es lo que está pasando detrás de eso. No puede atribuirse a un comportamiento caprichoso, desobediente o díscolo de alguien que está padeciendo algo que lo hace sufrir. Lo que tiene esa persona es impotencia. No puede cambiar esa situación y no la va a poder cambiar en tanto no modifique su vínculo con los alimentos. El único cambio (que se le propone) es a través de la voluntad y no se puede apelar a la voluntad cuando la carrera dura el resto de la vida. Cuando todo el sistema que está organizado para hacer una propuesta saludable, sigue insistiendo en que la salud tiene que venir manteniendo los mismos alimentos y los mismos vínculos que generaron el problema, es como condenar al individuo a perder la partida en el momento de empezarla.

Piedra Libre – La Colectiva


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