No combatir, vivir en el Medio Oriente

Escrito por el 4 de enero de 2009

            Gadi Algazi, Movimiento Taayush (Vivir juntos)

Discurso en la manifestación dc la Coalición de Organizaciones por la Paz, 5 de agosto 2006
Ahora quedó suficientemente claro que esta guerra es una guerra sobre las espaldas de los más pobres – los pobres en el Sur del Líbano y en la Galilean de Israel. Es una guerra cuyo precio lo pagan los civiles. Una guerra que refleja el deformado orden prevalecente en Israel en la era de la privatización: cuanto más pobre eres, el precio y el riesgo será más alto. Una guerra que nos convierte a todos nosotros en rehenes. Y a pesar de esto, muchos están
dispuestos a disculpar los horrores de la guerra por considerar que es justa.
Sobre esto quiero decir algunas palabras.

La guerra destroza las alternativas a la guerra: después que estalla y se desarrolla – ella nos hace olvidar que pudo ser evitada. Después de la escalada, entrando ya al círculo del golpe y contragolpe, el bombardeo y los misiles – estamos atrapados en ella, convencidos de nuestro sufrimiento,
ignorando nuestra parte en causarla. Pero es importante recordar: la reacción violenta, la escalada inmediata y desproporcionada son una forma que se repite: es una de las formas por las cuales potencias regionales y mundiales encuentran excusas para hacer la guerra. Así sucedió en el año 2000 (segunda Intifada),
en 1982 (primera guerra israelí en el Líbano); también en 1967 (Guerra de los Seis Días), y ahora en 2006.
Piensen en octubre del 2000: ahora está muy claro, que no fueron los choques de
los primeros días de octubre los que llevaron al enfrentamiento generalizado sino la exagerada respuesta israelí. El ejército israelí preparó de antemano un tremendo contragolpe, que convirtió a una serie de manifestaciones palestinas y a unos choques locales en una verdadera hoguera, en un choque armado sin retorno ni salida. Eso fue lo sucedido en el Líbano en 1982: durante un año entero hubo un cese de fuego en el sur del Líbano y en el norte de Israel; se podía haber restaurado el cese de fuego – pero Sharon se apuró a aprovechar la oportunidad para su gran plan, implantar un nuevo orden en el Líbano. De esa misma manera se comportó el gobierno de Israel el 12 de julio. No fue el secuestro de los soldados lo que hizo estallar la guerra: aquellos era parte de un equilibrio de fuego compuesto de una fragil tranquilidad y esporádicos golpes mutuos, producto de un cese al fuego, que los recientes gobiernos israelíes prefirieron en lugar de buscar un acuerdo político.
Ambas partes violaron repetidamente la frontera internacional. Israel envió fuerzas
militares a raptar y capturar ciudadanos libaneses, mantuvo prisioneros sin
juicio, bombardeó varias veces poblaciones civiles. No tiene ninguna
superioridad moral sobre Hizbalá.
La guerra nos hace olvidar las razones profundas que la alimentan. Y estas no pueden verse si solo nos fijamos tres semanas para atrás. Las raíces de esta guerra están en la tremenda destrucción y en el odio que dejaron atrás las anteriores invasiones israelíes al Líbano.  El “alambrado bueno” – aquel disfraz para crear una fuerza armada pro-israelí en el sur del Líbano (compuesta por algunos sectores libaneses cristianos en épocas de guerras civiles y confesionales dentro del Líbano – nota del traductor) – desembocó en la operación Litani en 1978. Y desde 1978 Israel invadió el Líbano una vez tras otra: una vez para liquidar la milicia palestina de Fataj, luego para liquidar la resistencia libanesa del sur. Una vez para imponer un “nuevo orden” a favor de las Falanges (milicia de la derecha cristiana libanesa): el general Gur en
1978, Sharon en 1982, Shimon Peres en 1996, y ahora Olmert y Peretz. Y siempre, siempre, se encuentra la excusa para bombardear civiles: una vez porque hay que golpear “la infraestructura”, otra para “hacer que la población presione al gobierno”. Todas estas guerras han sido sobre la población civil, y acarrearon odio, crearon un equilibrio de terror y de mutuas agresiones. Entre 1982 y 1999 Israel estuvo ocupando una franja de territorio en el sur del Líbano; allí gobernó por medio del terror, detuvo a miles sin juicio, torturó en la
cárcel de Al-Haiam. Todo esto fue olvidado? Y lo más importante: Israel se retiró contra su voluntad, bajo presión del movimiento de resistencia libanés.
Quien piensa que Nasrala (líder de Hizbalá) es un fenómeno pasajero, un títere de otros, se olvida que la reputación de Hizbalá ante los libaneses proviene de su papel en la liberación del Sur del Líbano de la ocupación israelí.
La causa profunda de las continuas muertes es la política unilateral: la decisión de Barak de retirar las fuerzas del Líbano en lugar de pagar el precio político y llegar a un acuerdo con Siria y el Líbano. Sí: no habrá paz con
el Líbano ,mientras Israel ocupa el Golán. Barak – y tras el Sharon – condujeron una política unilateral: si quieren expulsan, si quieren alambran y bloquean; cuando quieren bombardean y cuando lo deciden se retiran. Es una política que promete una tranquilización, siempre temporaria, bajo la protección de los
cañones en lugar de una verdadera paz entre iguales. Es una política de desconexión (el nombre oficial de la retirada israelí de Gaza el año pasado, n.t.), y de “reagrupamiento” (el nombre del futuro plan de retirada
unilateral de partes de Cisjordania, propuesto por Olmert en las elecciones, n.t.), de retiradas unilaterales que dejan tras sí destrucción y sufrimiento y odio: hambre en Gaza, una crisi humanitaria en todos los territorios palestinos ocupados, campos minados para los niños pastores y campesinos del Sur del Líbano, prisioneros en las cárceles. Es la expresión de una mentalidad colonial de señores, que niegan la existencia de los nativos: no hay con quien hablar, y si hubo alguien – ya lo bombardeamos. La unilateralidad es una ilusión. Niega la existencia del rival. Imagina que se puede barrer a cientos de miles de personas, que se puede reorganizar el . No tendrá éxito: solo generará destrucción y muerte. Los últimos
días nos recuerdan, en la forma más trágica, el precio de negar las relaciones mutuas. Las muertes de ambos lados, el sufrimiento – que no es igual en sus dimensiones – en ambos lados de la frontera nos recuerdan, que de los dos lados viven seres humanos como nosotros, que nuestras vidas son frágiles y mutualmente
inter-dependientes. En este momento nuestro destino común, judíos y árabes, se expresa en las amenazas mutuas. Nuestra respuesta está bien expresada en la convocatoria a la manifestación femenina de la semana pasada: judíos y árabes nos negamos a ser enemigos. Estamos acá para decir: queremos vivir juntos, no morir juntos.
Nuestras vidas están ligadas – pero de forma distinta: no en relaciones de muerte y venganza. Queremos vivir en un Medio oriente libre: libre de la amenaza nuclear, libre de los sueños de grandeza y conquistas; no libre del Islam – el demonio de turno utilizado para justificar los horrores de la guerra, sino libre de persecuciones, un Medio Oriente que deje lugar a todas las religiones, las culturas y los pueblos. Un Medio Oriente tolerante,
multi-cultural, libre y democrático.
Esta guerra no traerá seguridad a la Galilea. En esta guerra todos nosotros– libaneses e israelíes, árabes y judíos – somos rehenes en manos de los verdaderos señores de la guerra. Nosotros, somos todos peones en manos de los ministros de la guerra. A medida que se desarrolla la guerra queda más claro
que esta guerra sirve el interés norteamericano. Nosotros matamos y morimos en servicio del imperio, que una vez apoyó a Sadam Hussein, cuando éste masacró a los kurdos, contra Iran – y otra vez le envió armas a Irán, vía Israel, para golpear a Sadam. En manos del imperio norteamericano, que apoyó a los combatientes del Taliban en Afganistán contra su gobierno – y que salió a golpearlos y combatirlos en Afganistán en el round siguiente. El imperio siempre tiene un demonio de turno, Siria, Irán – quien sigue? Así impone su dominio en el Medio Oriente, una región llena de sufrimiento, rota de diferencias sociales, bendecida por riquezas naturales y por culturas antiguas y modernas. Pero nuestro futuro, ciudadanos de Israel, no está en servir al imperio. Nuestro futuro es  oriental, aquí, en el Oriente Medio, es un futuro judeo-árabe. No tenemos futuro como fortaleza de avanzada, como una “muralla viva del occidente” (término utilizado por Hertzl, el fundador del sionismo, n.t.). Nuestro futuro está en la renovación del Medio Oriente libre de la hegemonía norteamericana, un Oriente Medio que pertenezca a sus pueblos – no a los imperios y no a sus servidores. Los imperios suben y caen, y cuando caen – caen sobre nosotros y nos sepultan bajo su peso. Queremos vivir fuera del paraguas del imperio norteamericano, fuera de la fortaleza armada, como socios y parte del Medio Oriente. Las llaves de ese futuro están en la bombardeada Gaza, en Jan Iunes (centro-sur de Gaza, n.t.), en los campos de refugiados. Las llaves de la paz entre Israel y los pueblos del Medio Oriente están en mano del pueblo palestino. Los palestinos, cuyo sufrimiento es olvidado bajo el estruendo de los combates;
los palestinos a quienes los señores de la guerra – que solo respetan la fuerza – desprecian su debilidad, juegan con su destino, los encarcelan tras alambrados de separación y barreras, desmembrando su territorio. Los palestinos – bombardeados y sufriendo, en los campos de refugiados, en las aldeas. Su independencia y su bienestar es la llave para nuestra integración en la región. Y las llaves también están acá con nosotros, entre nosotros – nuestros hermanos y hermanas quienes integran la minoría nacional palestina en el estado de
Israel – también ellos tienen las llaves para la paz en el Oriente Medio. Por eso, también aquí y ahora, exigimos el fin de la ocupación, la plena independencia
para los palestinos de los territorios ocupados – y la plena igualdad de derechos para los palestinos dentro de Israel. Solo los palestinos le pueden garantizar lo que ningún imperio y ningún general jamás podrán obtener: paz y reconocimiento en el Medio Oriente. El destino de los israelíes y los palestinos es inter-dependiente – y el poderío militar de Israel, y la continua represión en los territorios ocupados, y el hambre de los palestinos encerrados en reservas y los bombardeos en que mueren niños no podrán evitarlo. Los generales pueden prometernos la bomba salvadora y la guerra exitosa, un nuevo golpe mortal y victorioso; los políticos pueden
prometernos una ilusoria seguridad tras las murallas y los alambrados, la desconexión y la separación, bajo la vigilancia y la dominación. Pero nosotros, árabes y judíos, tenemos que construir aquí, dentro de Israel, nuestro futuro.
Tenemos un solo futuro – y es un futuro de convivencia, entre iguales.

            Gadi Algazi, Movimiento Taayush

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