Marxismo Salvaje – 28-09-2016

Escrito por el 30 de septiembre de 2016

Miércoles 20:00 – 21:00 hs – Marxismo Salvaje
EDITORIAL: Contra el sentido común que piensa a la policía como garante de la seguridad, afirmamos que el aparato represivo de Estado (desde la humillación y la tortura hasta la muerte y la desaparición) garantiza la explotación. ENTREVISTAS: Conversamos con Luciana Ferro Soriani, de Radio la Rabia (Trelew, provincia de Chubut). También con Lucía Sánchez Vilar y Lucas Durán, ambos de CORREPI (Coordinadora contra la represión policial e institucional). PELI-LIBRO: Nos quedó afuera un film de los hermanos Taviani, que reseñaremos en el próximo programa. Repetición: Viernes 16Hs
Escuchar: http://audios.lacolectiva.org.ar/MaS-2016-09-28.lite.mp3
 
POLICÍA

 
 
En la Ciudad Autónoma de Buenos Aires se despliegan a diario miles de efectivos de las fuerzas de seguridad: Policía Federal, Policía Metropolitana, Gendarmería, Prefectura, Policía de Seguridad Aeroportuaria. A ellos se suman los agentes de inteligencia, los integrantes de las fuerzas armadas cuyos cuarteles están dentro de la ciudad, y los miles de policías privados, vigiladores y buchones. Un ejército de decenas de miles de personas armadas patrulla las calles de una ciudad en tiempos de «paz». 
 

Este fenómeno no es exclusivamente porteño. En Inglaterra (la cuna de la democracia burguesa), el recurso de Habeas Corpus (por el cual todo detenido debe ser presentado ante un juez en el plazo de tres días) ha sido prácticamente abolido. En Francia (la cuna de la revolución burguesa), la legislación ha suprimido las fronteras entre sabotaje, ilegalidad, violencia colectiva y terrorismo, criminalizando así toda forma de protesta que no sea estrictamente «legal». Por su parte, en Estados Unidos funcionan tribunales secretos, cárceles en ultramar y una batería de herramientas legales que borran de hecho la ciudadanía. 

 
En ese marco internacional se inscriben: el «Protocolo X» (que creó en 2005 una unidad especial de Gendarmería para infiltrar y vigilar organizaciones políticas), la «Ley Antiterrorista» (que, desde 2007, permite de hecho criminalizar cualquier tipo de protesta social), los ejercicios militares conjuntos con fuerzas de la OTAN y los programas de entrenamiento dictados por la CIA.

 
Los Estados Nacionales establecen así dos polos de una misma «inseguridad»: el terrorismo como delincuencia extrema y la delincuencia como terrorismo moderado. Entre esas tenazas puede quedar atrapada cualquier protesta social.

 
Pero no se trata solamente del objetivo de controlarnos, vigilarnos y castigarnos. También se trata de negocios. Para darnos una idea de la magnitud de estos negocios, el periodista Ricardo Ragendorfer nos proporciona el esquema de la repartija en la provincia de Buenos Aires:

 
A fines de la década del 90, cada comisaría de la Bonaerense tenía que recaudar, aproximadamente, 30 mil dólares por mes. De esos 30 mil, 15 mil se repartían entre el personal de calle y comisarios, y 15 mil subían a las regionales. En las regionales se quedaban con la mitad y subían a la jefatura policial, que distribuía entre funcionarios políticos y de la justicia. Estamos hablando, a fines de la década del 90, de 500 comisarías. MUCHA GUITA. 

 
Asi, el ejército de policías y el ejército de delincuentes son las dos caras de la misma moneda. Se necesitan el uno al otro. De ahí, la obvia y visible ineficacia policial en combatir el crimen: la policía no es la solución al problema, sino parte fundamental del problema.

 
La desigualdad y la explotación son los rasgos principales de nuestra sociedad. Basta una recorrida por los barrios para comprobar esta afirmación. La opulencia de Puerto Madero convive con el crecimiento de las villas miserias en las últimas décadas. Los restaurantes de comida gourmet coexisten con miles de personas que salen a diario a buscar su comida en la basura. La riqueza de la burguesía tiene su contracara en los bajos salarios de la mayoría de los trabajadores, la extensión de la jornada laboral, los contratos basura. Los trabajadores sabemos que tenemos acceso a un sistema de salud muy inferior al de nuestros patrones, que nuestros hijos asisten a escuelas de segunda y tercera categoría, que sólo excepcionalmente podemos acceder a una vivienda propia y que estamos condenados al sufrimiento en cuotas del alquiler.

 
Así se explica la función de las fuerzas represivas: cuidar las propiedades de los ricos, meternos miedo con dosis de crimen y humillaciones, y hacernos pedir más policías. La expansión de las bandas de narcotraficantes (cuya connivencia con la policía y el poder político es pública y notoria) convirtió a muchos barrios populares en tierra de nadie. La pobreza estructural fecundó varias generaciones de argentinos acostumbrados a vivir en medio de la miseria y la violencia desde su nacimiento. Los jóvenes aprenden a lastimar al otro desde su más tierna infancia. De este modo, la sociedad capitalista crea una multitud de pibes que no valoran en lo más mínimo ni su vida ni la de sus semejantes. Porque en una sociedad en la que los individuos vivimos únicamente para vendernos y ser aceptados por el mercado, en una sociedad donde todo contenido vital se sacrifica por las leyes de la economía, se desencadena un apetito de destrucción que expone a la luz del día la muerte como única esencia de un sistema cuyo único objetivo es la acumulación de capital.

 
La violencia policial es la consecuencia necesaria de todo el sistema. No va dirigida contra sus socios (los delincuentes del crimen organizado) ni contra sus jefes (los miembros de la burguesía y los funcionarios políticos) sino que tiene por objetivos meternos miedo y combatir nuestras acciones colectivas. Por eso la tortura como instrumento habitual en comisarías y cárceles. Por eso los cinco mil fusilados por el «gatillo fácil» desde 1983 hasta hoy en Argentina. Por eso los desaparecidos como Jorge Julio López y otros 200. Por eso es asesinado un preso cada 37 horas en este país. Y por eso hay un maravilloso mundo de mercancías de todo tipo para quien pueda comprarlas. Explotación. Miedo. Consumo. Esa es la Santísima Trinidad del capitalismo.

 
Por todo esto, únicamente la lucha de los trabajadores podrá terminar con la maldita policía y los malditos delincuentes. Sólo destruyendo la propiedad privada que fabrica pobres para después encarcelarlos y torturarlos será posible limpiar las calles de los que viven de la explotaciòn de la miseria. Así sea. 
 
editorial Marxismo Salvaje – 28/09/2016 

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