Marxismo Salvaje – 05-10-2016

Escrito por el 5 de octubre de 2016

Miércoles 20:00 – 21:00 hs – Marxismo Salvaje
EEDITORIAL: contra los análisis cuantitativos de la pobreza presentamos una crítica cualitativa de la misma. ENTREVISTAS: conversamos con Agustín Santella y con «Ari» (Fiat, Córdoba) sobre la reconversión capitalista y los cambios en la lucha de clases. PELI-LIBRO: reseñamos «César debe morir» (2012), de los hermanos Vittorio y Paolo Taviani. Escuchamos a Bill Withers, a Elvis Presley, a Willie Colón & Héctor Lavoe y accedimos al insólito pedido de pasar «Communist daughter», de y por Neutral Milk Hotel. Repetición: Viernes 16Hs
Escuchar: http://audios.lacolectiva.org.ar/MaS-2016-10-05.lite.mp3
 
Pobreza 
 
La cuestión de las cifras de pobreza, que alcanzó estado público a partir de la difusión por el INDEC de los datos de la Encuesta Permanente de Hogares, es un buen ejemplo de la hegemonía del sentido común burgués y de la debilidad de la clase obrera, incapaz de quebrar la manera habitual de presentar esta problemática.
 
Los números proporcionados por el INDEC son conocidos. Sobre una población urbana estimada en 39 millones de personas, en el segundo trimestre de 2016 casi 9 millones (8,7) de personas son pobres y casi 2 millones (1,7) son indigentes. Pobreza e indigencia se miden en función de los ingresos. Esto significa que un aumento de los ingresos de los hogares reduce automáticamente tanto la pobreza como la indigencia. En otras palabras, la solución está dentro del sistema: hay que subir salarios y asignaciones familiares. Por lo menos, esta es la posición que defienden muchos militantes populares.
 
Definir la pobreza a partir de los ingresos es un triunfo ideológico del capitalismo. Significa que los pobres somos producto del monto de los salarios y no de las condiciones de vida imperantes bajo el dominio capitalista.

 

Si dejamos de lado la propaganda, los empresarios producen en la medida en que esperan obtener ganancias. Para ello cuentan con la propiedad privada de los medios de producción y con una masa de personas que sólo pueden subsistir vendiendo su fuerza de trabajo. Si los salarios son muy altos, cae el incentivo de los capitalistas para invertir. De modo que precisan mantenerlos bajos. Para ello cuentan a su favor, entre otras cosas, con la amenaza del despido y la desocupación.

 

 

Además, los empresarios compiten entre sí. Esto hace que se esfuercen por reducir los salarios, así pueden enfrentar mejor a la competencia. Todo conduce, de un modo u otro, a mantener deprimidos los salarios. De ahí que, aún si acordáramos con la idea de que la pobreza se define por los ingresos obtenidos, tendríamos que decir que la pobreza jamás desaparecerá bajo el capitalismo. Hay pobres porque el sistema necesita salarios baratos. 
Pero todo esto es únicamente un costado de la cuestión, que se ubica dentro de los límites del sentido común capitalista. La propiedad privada es la principal fuente de pobreza, pues priva a la mayoría del derecho a gozar de los bienes que son fundamentales para la vida. La propiedad privada de la tierra, de las fábricas, de los medios de comunicación, nos impide tener el control de nuestras vidas, de nuestro tiempo. Nos fuerza a trabajar para otros, a volvernos dependientes de quienes son propietarios. Esta forma de concebir la pobreza no se resuelve dentro del sistema, con un simple aumento de salarios.

 

 

La pobreza en términos de carencia de propiedad deriva en un sinnúmero de otras privaciones, bien conocidas por quienes vivimos de un salario. El acceso a la vivienda, por ejemplo, está limitado por el derecho de los propietarios a poner un precio a las viviendas destinadas a la venta o alquiler. A contramano de lo que dice el sentido común burgués, el inconveniente no está tanto en el monto de los alquileres, sino en la existencia del sistema mismo de alquiler. En la ciudad de Buenos Aires y el conurbano el acceso a una vivienda confortable es extremadamente difícil para los trabajadores. Sin embargo, en la misma zona se ha producido una verdadera explosión en la construcción de barrios privados, donde cada familia cuenta con cientos de metros cuadrado. Esta crisis es producto de la propiedad privada y no del monto de los salarios.

 

 

Lo mismo que decimos en el caso de la vivienda puede afirmarse para la educación, la salud, el acceso a la recreación y una larga lista de cuestiones.

 

 

La clase obrera no está de moda. Hablar de quienes somos los verdaderos productores de la riqueza social, tampoco. Los grandes medios prefieren hablar: de la «pobreza», como si la solución fuera aumentar los ingresos; y de la «inseguridad», como si la solución fuera aumentar la represión.

 

 

«Somos un país rico», dice el sentido común. Pero quienes generamos la riqueza de la sociedad en todo el planeta somos invisibles para ese sentido común, es decir, no le interesamos como clase social. La clase obrera parece haber dejado de existir…

 

 

Sin embargo, todos los días, a cada hora, en todo el planeta, cientos de millones de personas salimos de nuestras casas para llenar los trenes, los colectivos, los subterráneos, las lanchas colectivo, para montar bicicletas o caballos, para subir a camiones o autos particulares, o simplemente caminar hasta los lugares donde vendemos nuestra fuerza de trabajo. Sin nosotras y nosotros no existiría la producción capitalista, ni el mercado. No habría ni barrios privados ni shoppings. ¿Acaso los que trabajadores que construimos los countries y los rascacielos vivimos en ellos? ¿Acaso las trabajadoras que hacemos la ropa que está de moda vestimos esa ropa? ¿Acaso somos dueñas de los palacios cuya mierda limpiamos?

 

 

La invisibilidad de la clase obrera es inversamente proporcional a nuestra importancia en la sociedad. Y somos invisibles porque carecemos de peso político. No fue casualidad que el año pasado, en Argentina, el 98 % de los votos apoyara opciones favorables al ajuste. Esta debilidad política va de la mano con las dificultades de los laburantes para organizarnos de manera autónoma respecto a los partidos defensores del sistema capitalista.

 

 

¿Qué hacer, entonces?

 

 

Un buen comienzo sería abandonar las categorías que utiliza el periodismo para pensar la pobreza y tomar, en cambio, las categorías de la crítica para pensar la riqueza. Siendo conscientes de que el arma de la crítica nunca puede sustituir la crítica por las armas del orden existente. 
 
Marxismo Salvaje – 05-10-2016 

 


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